:: Acompañar a los moribundos

Debéis estudiar los textos (“sutras” en sánscrito), si queréis acompañar a los moribundos. Para poder realizarlo, hay que ser sólido. Es preciso no tener miedo en sí mismo. Hay que poder tocar el no nacimiento y la no-muerte para servir de apoyo y de sostén a la persona en la cual la manifestación está a punto de cesar.

Recuerdo haber ido con la hermana Châng Không a visitar a nuestro amigo Alfred Hessler que estaba muriéndose en una clínica católica en el Estado de Nueva York.

Alfred había militado por la paz. Nos había ayudado enormemente durante la guerra de Vietnam para intentar detener la guerra, los bombardeos en el norte y en el sur y había recorrido Europa, América, Asia para apoyarnos en nuestra campaña contra las masacres. Habíamos trabajado codo con codo y nos habíamos convertido en amigos muy íntimos. Ese día, la hermana Châng Không y yo íbamos de camino hacia el Instituto, en el norte de Nueva York, para un retiro con seiscientas personas, y sabíamos que nuestro amigo estaba muriéndose en esta clínica.

Por suerte, la clínica se encontraba en nuestro camino. Nos detuvimos una hora y media para estar con él. Cuando llegamos a su habitación, Alfred estaba en coma. Su mujer Dorothy y su hija Laura estaban allí y se alegraron mucho de nuestra visita. Su hija intentaba hacer salir a Alfred del coma.

¡Alfred! ¡Alfred! Thây está aquí, Thây está aquí. La hermana Châng Không está aquí, ¡regresa!

Pero Alfred seguía en coma. La hermana Châng Không cantó entonces una canción (“este cuerpo no es yo”) cuyas palabras están tomadas directamente de un sutra escrito por el Buda y al que Thây le puso música.

Este cuerpo no es yo, no soy esclavo de este cuerpo. Soy la vida ilimitada. Jamás he nacido y no voy a morir. Mirad, mirad las constelaciones, las montañas, los ríos. Todo es una manifestación del conocimiento, de la conciencia-conocimiento. Hay que sonreír, hay que hacer una señal de adiós para abandonar todo enseguida. Soy libre desde tiempos inmemoriales. El nacimiento y la muerte son sólo las puertas por las que entro y salgo; es un juego del escondite. Hay, pues, que sonreír. Es preciso cuidar de mí, es preciso decirse “hasta luego” en cada instante de la vida.

La hermana Châng Không comenzó a cantar para Alfred en coma. A la tercera vez, Alfred volvió en sí, abrió los ojos. Fuimos muy felices y Laura le preguntó:

¿Sabes que Thây está aquí, y también la hermana Châng Không?

Pero Alfred fue incapaz de decir nada. Sólo sus ojos podían responder que él sabía que sus amigos estaban allí.

Entonces la hermana Châng Không comenzó la práctica. Le habló de su trabajo por la paz en Vietnam. Lo que habíamos hecho en Europa, en Asia, en América del Norte para ayudar a los movimientos pacifistas, para detener las masacres y también, como Anathapindika, Alfred había sido feliz trabajando por la paz.

¿Recuerdas la época cuando estuvimos en Roma? Había trescientos sacerdotes católicos y cada uno llevaba el nombre de un monje budista que estaba encarcelado en Vietnam porque había rehusado entrar en el ejército. ¿Lo recuerdas? Alfred, ¿recuerdas la época cuando tú estabas en Saigón con el Venerable Tri Quang, el responsable del movimiento pacifista en Vietnam. La víspera, América había decidido bombardear el país. Era por eso que el Venerable estaba furioso y rechazaba todo lo que viniera de los Estados Unidos. Y que tú te sentaste a su puerta y dijiste que eras un amigo y no un enemigo.

“Estoy aquí para ayudaros y voy a hacer una huelga de hambre hasta que abráis la puerta”. Al cabo de un cuarto de hora, el Venerable abrió la puerta y te invitó a entrar. ¿Lo recuerdas?

La hermana Châng Không practicó el regar las semillas positivas, porque ella sabía que había mucho sufrimiento en Alfred. De repente, él abrió la boca y dijo:

Maravilloso, maravilloso, maravilloso, maravilloso dos veces.

Es maravilloso, en efecto, que en ese momento, él había tenido un amigo, varios amigos para ayudarle y sostenerle. Después de haber pronunciado la palabra “maravilloso” por segunda vez, cayó de nuevo en coma. Mientras la hermana Châng Không le hablaba, yo intentaba masajear sus piernas, sabiendo que cuando uno está en trance de morir, no se es muy consciente de tener un cuerpo. El masaje permite reconocerlo y Laura dijo:

Papá, ¿sabes que Thây está masajeándote las piernas? Alfred no respondió, pero sus ojos probaban que él era consciente. Uno o dos minutos después, pronunció dos veces la palabra “maravilloso”.

Entre tanto, nos esperaban en el retiro. Debíamos partir. Entonces le dije a Laura y a Dorothy: Continuad la práctica, hay que hablarle de esas cosas. Esto se puede aprender. Nosotros las hemos aprendido, y si queréis acompañar a los moribundos, hay que practicar, hay que estudiar para que adquiráis esta solidez, este no-miedo y esta técnica que os permitirá ayudar a las personas a morir apaciblemente. Morir es tan importante como vivir.

Queridos amigos, quizá sea esta la primera vez que sois invitados a estudiar la práctica del dharma. Algunas simientes han sido plantadas, algunas simientes han sido arraigadas, y este retiro ha sido la ocasión de reunirnos. Estamos a punto de dejarnos, pero quizá tendremos la oportunidad de caminar unidos durante algún tiempo.

Es preciso sobre todo construir una pequeña sangha donde viváis. La sangha es vuestro refugio, vuestra protección, si no abandonaréis la práctica. Hay que tomar refugio en la sangha. Necesitáis poneros en contacto el uno con el otro. En India, se dice que el practicante debe permanecer en la sangha como el tigre en la montaña. Pues cuando el tigre desciende a la llanura, los hombres le matan para obtener su piel. Lo mismo es válido para los practicantes del dharma. Si no tenéis sangha, abandonaréis vuestra práctica, la práctica de los Cinco Entrenamientos de la Plena Consciencia.

Tomar refugio en la sangha es un tema de práctica, un tema de fe. Necesitáis uniros a vuestra sangha, ella os da la ocasión de reencontraros para practicar.

Estoy muy contento de que estéis aquí. Vamos a poder continuar la obra del Buda y regar las semillas del despertar, de la comprensión. Cada uno de entre vosotros debe ser una antorcha para aportar la luz, la luz del despertar, la luz de la compasión a aquellos que están próximos a vosotros, y además a la sociedad a la que vivís. El budismo puede ser vivido en la vida cotidiana, en la sociedad. Es un amigo que está siempre a vuestra disposición.

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