:: Zen para los laicos

El zen no sólo es patrimonio de los monjes. Todo el mundo puede estudiarlo y practicarlo. No pocos laicos han sido reconocidos como ilustres maestros zen, y han merecido el respeto del propio clero.

Los laicos se relacionan con los monasterios por el sostenimiento material que les aportan (a veces ocurre que el trabajo de los monjes es insuficiente para asegurar la subsistencia del monasterio), por su participación en la construcción de los templos y de los santuarios, y por sus actividades culturales, por ejemplo la impresión y difusión de los sutras y de las obras escritas por los monjes. Algunos monasterios organizan cada mes el bat quan tuai gioi para laicos que quieren vivir durante veinticuatro o cuarenta y ocho horas en el monasterio, exactamente como los monjes. Se reservan plazas para esos at quan tuai gioi, durante los cuales practican el zen bajo la dirección de los monjes.

Y por medio de esos laicos próximos a los monjes, la esencia del zen penetra en la vida social. El zen tiene influencia en la poesía, en la pintura, en la arquitectura, en la música, etc. Las tradiciones del arreglo floral, de la ceremonia del té, de la caligrafía o de la pintura con tinta china y acuarela, tienen su origen en la espiritualidad zen. Y el zen no sólo se refleja en la técnica del arte, sino también en su esencia. La técnica refleja el autodominio, mientras que el contenido refleja el grado de espiritualidad del artista. Las artes son aquí el rasgo que une al mundo espiritual del zen con el mundo social organizado.

La imagen de la persona iluminada es la de alguien libre que posee fuerza espiritual y no es juguete de las vicisitudes. El practicante, una vez iluminado, se ve a sí mismo en su propia naturaleza, se conoce, y posee una visión clara de la realidad: la realidad de su ser y la de la situación social. Esta visión es el fruto más precioso que el zen puede ofrecer. El modo de ser de la persona iluminada es considerado como su contribución más fundamental y más benéfica para la vida colectiva. El zen es una tradición viva que puede ayudar a formar gentes sobrias, sanas, equilibradas, estables. Las artes y los pensamientos que tienen su fuente en la iluminación del zen poseen también esa sobriedad, esa vitalidad, esa serenidad clarividente.

El hombre de nuestro tiempo se ve arrastrado por el engranaje de la producción y el consumo, hasta tal punto que va llegando a ser una parte de esa máquina, y pierde su autodominio. La vida cotidiana dispersa nuestro espíritu, devora nuestro tiempo. Por eso no tenemos ocasión de tomar conciencia de nosotros mismos y de regresar a nuestro yo profundo.

Habituados a estar “ocupados” constantemente, si esas ocupaciones nos llegan a faltar, nos encontramos vacíos y desamparados. Entonces rechazamos la confrontación con nosotros mismos y vamos a buscar amigos, a mezclarnos con la muchedumbre, a oír la radio, a ver la televisión, para borrar esa impresión de vacío.

La vida actual, excesivamente trepidante, nos hace fácilmente irritables. Las emociones nos agitan no pocas veces cada día, nos dominan, nos poseen. Influyen considerablemente en nuestras decisiones. Y si nosotros ya no somos nosotros, ¿cómo podremos decir que somos los que vivimos y decidimos nuestra vida?

La vida de nuestros días está organizada según la “razón”. Participamos en ella como sólo una mitad de nuestro ser: nuestro intelecto, nuestro manovijnana. La otra mitad, más profunda e importante, es el inconsciente, el asiento fundamental en el que se hunden las raíces de nuestro ser.

Esta parte es alaya; no puede ser analizada por la razón ni por el propio manovijnana. La persona de hoy abraza la razón, confía en la racionalidad. Está desarraigada de la base de su propio ser. De ahí el fenómeno de alineación que padece: el ser humano pierde poco a poco su humanidad y llega a ser cada vez más mecánico.

La rebelión de los años 60 y 70, tanto en el ámbito capitalista como en el socialista, da testimonio de nuestro deseo de recuperar nuestro espíritu humano. No sabemos todavía a dónde nos llevará esa rebelión. Pero una cosa es cierta: si la humanidad no llega a abrirse un camino nuevo por donde pueda reencontrar su propia naturaleza, la raza humana está condenada a desaparecer dentro de poco.


("Las claves del zen" / Thich Nhat Hanh / 1998)




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